jueves, 1 de noviembre de 2012

Rodrigo con nosotros



Rodrigo con nosotros.
Guillermo Castro H.
Intervención en la mesa redonda organizada por el Instituto de Investigaciones Científicas Avanzadas y Servicios de Alta Tecnología, en la Ciudad del Saber, para debatir el libro Analfabetismo Ecológico. El conocimiento en tiempos de crisis, del científico y ambientalista panameño Rodrigo Tarté (1936 – 2012).

Para los colaboradores científicos de INDICASAT,
en la Ciudad del Saber.

Es justo y necesario - y grato, por lo mismo – que los colaboradores científicos de este Instituto hayan convocado a la discusión del último libro de Rodrigo Tarté, que no en balde lleva por título Analfabetismo Ecológico. El conocimiento en tiempos de crisis. Lamed Mendoza y Luis De León, que me han precedido en el uso de la palabra, han presentado aquí comentarios muy valiosos sobre la estructura y el alcance de lo planteado por Rodrigo. Apoyándome en lo que han dicho, yo quisiera referirme más bien a la circunstancia y el significado de su aporte al ambientalismo en Panamá.
Al respecto, empezaría por decir que este libro tiene el mérito indudable de haber llevado hasta su límite más extremo las posibilidades explicativas de una perspectiva analítica de la crisis ambiental global sustentada en las ciencias naturales, y de haberlo hecho manteniendo esa perspectiva abierta al dialogo con otros campos del saber. Y ese mérito resalta aún más si se lo considera tanto en las posibilidades que abre para una participación aún más productiva de la comunidad científica en la forja de una cultura y una práctica nuevas en el movimiento ambientalista, como en lo que implicó de lucha tenaz contra la tendencia a la especialización y el aislamiento, tan comunes en la formación científica que recibió el autor.
Tres factores al menos contribuyeron a forjar este logro. Uno fue, sin duda, el legado de la militancia social y política de Rodrigo en su juventud, en lucha siempre contra las manifestaciones más tempranas de muchos de los problemas que hoy se exacerban en nuestra sociedad. Otro fue su labor al frente del Instituto de Investigaciones Agropecuarias de Panamá, del Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza, de la Fundación Natura, de la Dirección Académica de la Fundación Ciudad del Saber, y del Centro Internacional de Desarrollo Sostenible de la Ciudad del Saber, que supo ejercer siempre en contacto cercano con los problemas concretos de la gestión de la producción de ambientes concretos en circunstancias concretas. Y otro, quizás de una importancia que no alcanzamos a comprender en todo su alcance, fue su ejercicio constante, casi renacentista, de su curiosidad científica y de su vocación artística. Porque Rodrigo, en efecto, tuvo más de Galileo Galilei que de Louis Pasteur.
El límite al que arriba el libro en su planteamiento de la crisis global, por otra parte, no deriva ni de su fundamentación en las ciencias naturales, ni de las carencias que pueda tenido la formación de Rodrigo en el campo de las Humanidades y las ciencias sociales. Ese límite emerge más del marco de referencia histórico y filosófico que sustenta el conjunto de una reflexión tan bien documentada como fecunda. Me refiero aquí, por supuesto, a la geocultura liberal dominante en el sistema mundial entre 1850 y 1950, en la cual tuvo lugar la formación profesional y cultural del autor.
En este sentido, al crisis a que se refiere el libro - y el modo en que se refiere a ella - hace parte de la crisis del propio marco de referencia que sustenta el análisis. Y eso se expresa, a su vez, en la dificultad para integrar en un mismo conjunto explicativo los distintos aspectos de la crisis global y, en particular, las interacciones de esos aspectos entre si. Así, por ejemplo, desde otra perspectiva - más y menos reciente que la de Rodrigo, por cierto - no existen tres crisis distintas, y ni siquiera tres crisis en una.
Lo que encaramos hoy, en efecto, es una crisis ambiental global, que ella expresa el agotamiento de una modalidad de relacionamiento de los seres humanos entre si y con su entorno natural en desarrollo desde fines del siglo XVIII. Esta crisis es la de la única economía global creada por la especie humana en su historia, que enfrenta hoy la disyuntiva de organizar sus relaciones con la naturaleza en torno a economía distinta, o encarar el riesgo cierto de su propia extinción.
Lo planteado por Rodrigo no cuestiona esta otra visión. Por el contrario, le ofrece valiosos elementos de fundamentación. La diferencia mayor entre ambas visiones corresponde, quizás, a la distinta valoración de lo político como factor en el desarrollo y en las posibilidades de solución de los problemas creados por el desarrollo desigual y combinado de la economía global realmente existente.
Rodrigo fue un intelectual por demás consecuente con lo mejor de su propia formación. Y esto incluyó, siempre, una lealtad ejemplar a las grandes conquistas logradas por la Humanidad tras la Segunda Guerra Mundial. Una de esas conquistas, de enorme peso en la geocultura global, correspondió al potencial de la ciencia y la tecnología para identificar, caracterizar y proponer medios para encarar los grandes problemas que emergían del desarrollo del sistema mundial, desde la crisis de contaminación develada por el Club de Roma en la década de 1960, hasta la necesidad de hacer sostenible el desarrollo, planteada por la Organización de las Naciones Unidas en la de 1980. Otra fue la de la existencia misma de un sistema internacional, forjado a partir de la organización de todas las sociedades humanas en Estados nacionales, un fenómeno inédito en la historia de nuestra especie antes de la década de 1950.
Ese sistema esta en crisis hoy, y difícilmente puede ser la fuente de la solución a problemas que el mismo a contribuido a crear. Y sin embargo, tampoco podemos prescindir de él. Al respecto, aun si no se compartiera la esperanza de Rodrigo en la capacidad del sistema internacional para generar las iniciativas de salida a la crisis que él caracteriza con tanta claridad, tampoco cabe dudar de que su libro deja planteada una agenda clara y bien sustentada de tareas ante las cuales se definirá la viabilidad futura - o la ausencia de esa viabilidad - del sistema internacional realmente existente.
Desde la perspectiva de las Humanidades, y en particular desde la historia ambiental, el ambiente es el producto de las intervenciones humanas en los sistemas naturales, mediante procesos de trabajo socialmente organizados. En este sentido, cada sociedad tiene un ambiente que le es característico y, por lo mismo, si deseamos un ambiente distinto tendremos que encarar la tarea de forjar una sociedad diferente.
Vistas las cosas así, la crisis ambiental global se nos presenta no sólo como una circunstancia de riesgo, sino y sobre todo - gracias al enorme progreso del conocimiento en todos los ámbitos del saber humano -, como una oportunidad para trascender y superar las formas de organización social que nos han llevado a esta situación, y establecer aquellas otras que nos permitan aplicar el conocimiento a la solución de las amenazas a la sostenibilidad del desarrollo de la especie que somos.  Entender aquel riesgo, y percibir y comprender esa oportunidad para encararla con todo el poder del conocimiento, será mucho mas sencillo gracias al aporte de Rodrigo.
Quisiera concluir con una reflexión de otro orden. En su Dialéctica de la Naturaleza, un libro tan obsoleto en tantos sentidos debido no sólo al progreso de la ciencia, sino además al compromiso subyacente de su autor con la racionalidad entonces novedosa del positivismo, Federico Engels se refiere al proceso de evolución como uno que se despliega en formas cada vez mas complejas de organización de la materia. En ese proceso, dice, la materia alcanza en el cerebro humano la complejidad que le permite pensarse a si misma, y permite con ello a la Humanidad el acceso a una situación de conciencia de la naturaleza.
Esa posibilidad alcanzó una expresión magnifica justamente aquí, en la comunidad científica panameña, en la obra última, mayor y más trascendente de nuestro colega y compatriota Rodrigo Tarté. Aquí, todos estamos en deuda impagable con él, y el modo en que asumamos esa deuda definirá en una medida decisiva lo que la ciencia pueda hacer por Panamá en los años por venir.

Ciudad del Saber, Panamá, 31 de octubre de 2012.

sábado, 27 de octubre de 2012

Nota sobre los derechos de la naturaleza


Borradores: nota sobre los derechos de la naturaleza
Guillermo Castro H.

Para Eduardo Gudynas, al Sur del Sur

El debate sobre los derechos de la naturaleza plantea mal a menudo un problema de indudable validez.
Lo que está en cuestión aquí es la transformación del patrimonio natural en capital natural.
En este sentido, tiene una indudable relación con la historia ambiental como disciplina que contribuye a comprender nuestras opciones de futuro a partir del análisis de las interacciones en sistemas naturales y sociales que nos han conducido a la situación en que estamos.
Los derechos que se reclaman para la naturaleza son la expresión, en ese terreno, de los derechos que reclaman para sí las comunidades que hacen uso de ese patrimonio, pero no podrán hacerlo de ese capital.
No hay armonía en la naturaleza, y la ausencia de armonía en las sociedades humanas es uno, entre otros, de los argumentos a favor de que somos una especie en evolución, y no el producto de una creación definitiva.
Lo único que nos hace distintos es que en nosotros la materia alcanza, en su evolución,el grado de complejidad que le permite pensarse a sí misma, y trazar un rumbo de conducta a quienes la poseen en sus relaciones entre sí mismos, y con su entorno natural.
Evolucionamos en la naturaleza, como parte de ella que somos.
Si todo sale bien, llegaremos a recuperar nuestra naturalidad plena en una naturaleza plenamente humanizada, y diremos que finalmente arribamos a la sostenibilidad de nuestro desarrollo como especie.
Y si no, nos extinguiremos.
Se puede profundizar todo lo que se quiera en la discusión del por qué, el para qué y el cómo.
Pero el qué se reduce finalmente a esto.

Panamá, 27 de octubre de 2012

domingo, 21 de octubre de 2012

Elogio de la metáfora. Crítica del desarrollo sostenible


Elogio de la metáfora.
Guillermo Castro H.

Cuando de una concepción se pasa a otra, el lenguaje precedente permanece,
pero se usa metafóricamente. Todo el lenguaje se ha convertido en una metáfora
y la historia de la semántica es también un aspecto de la historia de la cultura:
el lenguaje es una cosa viva y al mismo tiempo un museo de fósiles de una vida pasada.
Antonio Gramsci, Cuadernos de la Cárcel, 2 (1930 – 1932), p. 150.
Ediciones ERA, México, 1984.

Poco se dice del desarrollo sostenible que vaya mucho más allá de la necesidad de encontrar alguna solución duradera a los graves conflictos que hoy aquejan a las relaciones de las sociedades humanas entre sí, con sus propios integrantes, y con su entorno natural. Y es que, en efecto, el mayor de los desafíos que encara el desarrollo sostenible sigue siendo de orden conceptual. En este terreno, las Humanidades nos ayudan a comprender mejor el lugar que ocupa este desafío en el proceso mayor que algunos han llamado “la historia natural de la especie humana”, a partir del importante papel que desempeñan las metáforas en la formación del conocimiento científico.
La metáfora, en efecto, posee la capacidad de combinar simultáneamente a múltiples significados no excluyentes entre sí, como lo hace José Martí al decir de su verso que es “como un puñal / que por el puño echa flor” y al mismo tiempo “un surtidor / que da un agua de coral”. Esto permite a la metáfora aludir a aquellos factores de incertidumbre que nutren las situaciones de malestar en la cultura, facilitando así el paso de la intuición a la certeza, y de ésta a la acción humana. 
En esta tarea, la metáfora suele operar mediante intercambios de muy diverso orden entre campos distintos de la cultura y el conocimiento. Así, por ejemplo, la comprensión básica de nuestras relaciones de el mundo natural se ve facilitada cuando tomamos en préstamo una relación sociocultural para aludir a la naturaleza como una madre generosa que trabaja para sostener a sus hijos, pero que puede también someterlos a duro castigo si éstos abusan de ella. Y, a la inversa, la noción de desarrollo – heredera de las de civilización y progreso, y de los fósiles correspondientes a la vida pasada de la que surgieron - opera a partir de una apropiación metafórica, por parte de las ciencias sociales, de un concepto proveniente de la biología, que designa el proceso de formación, maduración y muerte de los organismos vivientes.
La metáfora, sin embargo, alude y elude a un tiempo el sentido más profundo de aquello que señala. Así, al atribuir a la naturaleza en su conjunto la capacidad de trabajar que caracteriza nuestra especie puede distorsionar nuestro conocimiento del mundo natural. Igualmente, al excluir del desarrollo como categoría social y económica la muerte del organismo que se desarrolla, puede llevarnos a atribuir un carácter natural a hechos que en realidad corresponden a creaciones culturales, limitando la posibilidad de comprender las contradicciones que los animan. De igual modo, el desarrollo sostenible alude al agotamiento de aquella visión del mundo que, entre las década de 1950 y 1970, sintetizó en el desarrollo (sin adjetivos) la esperanza de que el progreso técnico y sus frutos llegaran a toda la Humanidad, de modo que el crecimiento económico sostenido garantizara bienestar social y participación política crecientes para todos, pero elude al mismo tiempo referir ese concepto particular a las condiciones históricas específicas que le dieron forma.
En verdad, el desarrollo del que se trata es el de nuestra especie a lo largo de los últimos cien mil años en su doble y simultánea dimensión biológica y sociocultural. Sus problemas incluyen, por supuesto, aquellos que se derivan de las condiciones creadas por ese proceso en el curso de los últimos cinco siglos – y del XX en particular –, desde el extraordinario crecimiento de nuestro número hasta la formación de una primera comunidad mundial de los humanos, el despliegue de formas de intervención en la naturaleza y de niveles de producción material y contaminación sin precedentes, y el hecho de que las formas de relación social y de organización de la cultura que hicieron posible todo esto han venido a entrar en contradicción creciente con las necesidades que se derivan de esos resultados.
Lo ilegítimo aquí - esto es, lo eludido en la metáfora - consiste en confundir ese proceso general con cualquiera de las formas históricas puntuales que han contribuido a su despliegue, o han terminado por distorsionarlo y aun bloquearlo. Visto así, todo apunta al problema político de decidir si aún cabe subordinar el desarrollo humano a la preservación de una forma histórica de organización de las relaciones sociales que ya conspira incluso contra sus bases naturales de sustentación, o si por el contrario ha llegado la hora de encarar de la manera más decidida la construcción de aquellas formas nuevas de socialidad que mejor se correspondan con el pleno aprovechamiento de las enormes conquistas que ha logrado nuestra especie en materia de ciencia y tecnología.
Asumir esta disyuntiva obliga a trascender la metáfora del desarrollo sostenible, para pasar del problema sin solución de hacer sostenible una forma histórica particular del desarrollo humano, a encarar la necesidad de encontrar y construir las formas nuevas que hagan sostenible ese desarrollo en el futuro. Hoy, en suma, ya resulta evidente que nuestro desarrollo será sostenible por lo humano que sea, o no será, y que ese carácter tiene y tendrá su expresión más clara en nuestras capacidades para la cooperación solidaria. Haber llegado a esta disyuntiva constituye quizás el mayor de nuestros logros como especie. La forma en que la encaremos definirá no solo nuestro destino, sino además el del Planeta en que ha tenido lugar nuestra existencia.

Panamá, 21-25 de julio de 2004



De la historia ambiental como historia.


Cultura de la naturaleza. De la historia ambiental como historia.

Guillermo Castro H.

En síntesis, la revolución del ADN […] brinda un marco racional para la elaboración de una historia del mundo. Una historia que considere al planeta en toda su complejidad como unidad de los estudios históricos, y no un entorno particular o una región determinada. En otras palabras: la historia es la continuación de la evolución biológica del homo sapiens por otros medios.

Eric Hobsbawn
El desafío de la razón: Manifiesto para la renovación de la historia

La discusión sobre el vínculo entre las Humanidades,  las ciencias sociales y la ciencias naturales, que subyace a todo el proceso de formación de la historia ambiental como campo del saber, es más antigua de la que parece. Ella es parte de un debate iniciado mucho antes – el Génesis es un ejemplo – sobre el lugar y a función de la especie humana en la evolución del infinito sistema de relaciones al que llamamos la naturaleza, nuestro entorno vital. Lo que sigue es un ejemplo del estado de esa discusión hacia 1844, en París, por parte de un joven intelectual que, a sus 26 años, procuraba ajustar cuentas con la formación que había recibido, para encontrar su propio camino:

Las ciencias naturales han desarrollado una actividad enorme y se han apropiado cada vez más materiales. Sin embargo la filosofía se ha mantenido tan ajena a las ciencias como éstas a la filosofía. Su momentánea fusión sólo fue una ilusión de la fantasía. Querer no es poder. La misma historiografía se ocupa de las ciencias naturales sólo de paso, como factor de ilustración y utilidad de algunos grandes descubrimientos. Pero tanto más han intervenido prácticamente las ciencias naturales a través de la industria en la vida humana, cambiándola y preparando la emancipación humana, si bien su efecto inmediato ha sido llevar al colmo la deshumanización. La industria es la relación real, histórica de la naturaleza, y por tanto de las ciencias naturales, con el hombre. Por eso, una vez comprendida como revelación exotérica de las facultades humanas, se entiende también la humanidad de la naturaleza o naturalidad del hombre; la ciencia natural, perdiendo su orientación abstractamente material o por mejor decir idealista, se convierte en la base de la ciencia del hombre, del mismo modo que ya se ha convertido en la base de la vida realmente humana, aunque sea en forma enajenada. Poner una base para la vida y otra para la ciencia es de antemano una mentira./ / La misma historia es una parte real de la historia natural, del proceso en que la naturaleza se hace hombre. En un futuro la ciencia de la naturaleza será la ciencia del hombre y a la vez se hallará subsumida bajo ésta: no habrá más que una ciencia.
Marx, Karl: Manuscritos de París. En Textos Selectos y Manuscritos de París. Manifiesto del Partido Comunista, con Friedrich Engels, y Crítica del Programa de Gotha. Estudio Introductorio por Jacobo Muñoz. Editorial Gredos, Madrid, 2012. Pp. 521 - 523

Habrá, en el propio Marx, un ir y venir en relación a este vínculo, sobre todo en lo que hace a los términos del reencuentro – por así decirlo – entre una naturaleza plenamente humanizada y una especie humana finalmente en ejercicio pleno de su naturalidad.
Lo importante, en todo caso, es resaltar dos hechos. El primero consiste en la presencia misma del tema en la filosofía de la praxis, que ciertamente no lo descubre, pero sí lo asume de su entorno y lo lleva a los términos de su propia racionalidad. Más allá de las concesiones y deformaciones positivistas de que haya sido objeto la lectura y el uso político de esa filosofía entre 1890 y 1990, debe importarnos su capacidad para reemerger con sus propias preguntas y preocupaciones, cuando es asumida como objeto de estudio – y como guía para la acción de algunos – desde sí misma.
El segundo hecho consiste en la conexión constante que el primero le proporciona a la filosofía de la praxis con el desarrollo de los debates sobre el tema en todos los campos del saber y desde todas las perspectivas de conocimiento. No hay obstáculo, por ejemplo, para leer desde el joven Marx en adelante las propuestas de Vladimir Vernadsky y Pierre Teilhard de Chardin sobre los conceptos de biosfera y noosfera – elaborados en la década de 1920 -, como no lo hay para entender que tras los debates en torno a la crisis ambiental global de nuestro tiempo subyace una verdad por demás sencilla: la de que si deseamos un ambiente distinto, ya es imprescindible adelantar la creación de sociedades diferentes.
Todo nos advierte, ya, que hemos ingresado a aquel futuro en que la ciencia de la naturaleza va siendo finalmente la ciencia del hombre y se halla cada vez más subsumida bajo ésta. No hay, en efecto, “más que una ciencia”: la del desarrollo de nuestra especie en su interacción con su entorno vital, cuyo relato hace de la historia ambiental la verdadera historia general de la Humanidad.

Panamá, 21 de octubre de 2012.

viernes, 5 de octubre de 2012


De géneros, regiones y ecosistemas, y de ayer y mañana.
Guillermo Castro Herrera

Para Ana Elena Porras, en Panamá

Se plantea de nuevo, como volverá a serlo, que Marx era – entre otras cosas – androcéntrico, eurocéntrico y productivista. Es muy probable que todo ello sea cierto, en una u otra medida, tratándose como se trató de un intelectual europeo de clase media, que nunca salió de su región de origen entre su nacimiento en 1818 y su muerte en 1882, y desarrolló en Londres – el centro del centro del centro del sistema mundial de su época – lo fundamental de su labor creadora. Y lo mismo podía decirse, también, de una pléyade de otros fundadores de nuestra contemporaneidad, como Charles Darwin o José Martí, que si no era eurocéntrico si tenía opiniones que hoy resultan conservadoras sobre las mujeres, y era un entusiasta partidario del crecimiento económico sostenido por la aplicación del progreso técnico a la explotación de los recursos naturales.
Vistas las cosas así, lo importante sería saber si desde el pensar marxista – o, mejor, desde aquella que Gramsci llamara la filosofía de la praxis – cabe no solo comprender aquellas ideas así pensadas entonces, sino superarlas en el pensar de hoy. El interés de Marx por las sociedades primitivas en 1859 en su reflexión sobre las formaciones económicas precapitalistas, cuando la arqueología y la antropología modernas apenas iniciaban su desarrollo, o el de Engels en el origen de la familia, la propiedad privada y el Estado – precisamente a partir de los primeros frutos de ese desarrollo en la obra de Morgan -, ¿tienen algo que decirnos al respecto?
Aquí no sólo se trata de hacer caso a Engels cuando decía que la mejor manera de superar a Marx era desarrollando en tiempos y campos nuevos su pensamiento. Se trata además, y sobre todo, de que la superioridad de una concepción del mundo sobre sus rivales se expresa en su capacidad de dar cuenta de ellas como momentos necesarios en su propio desarrollo, que puede y debe incorporar en su propia racionalidad sin verse obligada a formularla en términos nuevos.
¿Puede la filosofía de la praxis, en otros términos, incorporar a su concepción del mundo un enfoque de género, visiones de lo humano y sus posibilidades de desarrollo distintas a las del liberalismo Noratlántico, y una comprensión del vínculo entre lo social y lo natural que trascienda a la visión de la ecología como mera ingeniería de ecosistemas? El sí o el no a esta pregunta no puede resolverse mediante el mero recurso a citas citables sobre la esclavitud de la mujer en el régimen patriarcal, la barbarie de la civilización capitalista, o el antagonismo inherente a la acumulación de capital en su relación con la naturaleza y el papel del trabajo en la relación de nuestra especie consigo misma y con su entorno.
El único lugar donde ese sí – o ese no - puede ser resuelto de manera verdadera es en el terreno de la práctica social, esto es, en el del desarrollo histórico de la especie que somos. Para eso, es necesario entender que las culturas que expresan ese desarrollo no sólo implican una concepción del mundo, sino además una ética correspondiente a la estructura de esa visión.
Dicho de manera sencilla, precisamente para no caer en simplezas, la cultura no sólo supone una manera de entender las cosas de este mundo, sino además la traducción de ese entendimiento en conductas sociales que le sean características. Y eso nos lleva a lo fundamental del asunto: que la cultura es, a fin de cuentas, el más político de los hechos, en cuanto sólo podemos deducirla de la conducta social práctica en que se ejerce.
De esa praxis, y la filosofía que le sea inherente, es de lo que hablamos. En ese suelo, antes que en las nubes que floten sobre él, es donde cabe situar esta discusión, si es que queremos llegar a algo más que un intercambio de agudezas y culteranismos en este debate que puede ser tan útil como inútil, pero no ciertamente todo lo contrario.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Sobre cultura y sustentabilidad


Nota sobre el papel de la cultura en el debate sobre la sostenibilidad del desarrollo
Guillermo Castro H.

Para el ambientalismo latinoamericano, tan vinculado en su desarrollo a la relación entre deterioro social y degradación ambiental característica de nuestra región, la manera más efectiva de fomentar la riqueza natural consiste en fomentar la de las relaciones sociales de cooperación solidaria. La utilidad de este principio abstracto, sin embargo, depende de nuestra capacidad para ejercerlo en acuerdo con la circunstancia histórica que genera la crisis ambiental que nos aqueja.
Esa crisis tiene una de sus expresiones más visibles en un proceso de intensificación de la variabilidad climática natural, que a su vez estimula el cambio de los patrones de organización del clima en cuyo marco se ha desarrollado la civilización que conocemos. Esas alteraciones, y sus tendencias previsibles, han generado ya diversas iniciativas globales encaminadas a mitigar el impacto del cambio climático y a propiciar la adaptación humana a los nuevos patrones de clima que emergen de ese proceso.
Dentro de esas iniciativas destacan, por ejemplo, las que promueven alternativas de producción y consumo de energía que contribuyan a disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero asociados a un incremento en la incidencia de eventos naturales potencialmente desastrosos, como los huracanes.Aun así, el vínculo entre estos factores excede a menudo nuestra capacidad para percibirlo y actuar en consecuencia.
Parte de esa dificultad se debe, sin duda, a que somos herederos de una cultura de la Ilustración liberal que, después de transitar por las opciones contrapuestas de civilización o barbarie entre 1750 y 1850, y de progreso o atraso entre 1850 y 1950, vino a desembocar en la disyuntiva entre desarrollo y subdesarrollo aún vigente, así sea porque no se ha encontrado con qué sustituirla. En ese marco, el problema de la energía tiende inevitablemente a ser considerado en relación con la aspiración a un crecimiento y una acumulación sostenidos e incesantes, propia de la cultura del desarrollo.
Esta visión debe ser criticada a partir de sus consecuencias prácticas. En materia de energía, por ejemplo, el problema a debatir no es tanto el de su origen – fósil, solar, hidráulico, eólico o biológico - cuanto el de los propósitos de su producción y consumo.
Aquí, lo que realmente está en cuestión es el lugar de la energía en el paso de una relación viciosa a una virtuosa en las interacciones entre nuestra especie y su entorno natural. Por lo mismo, esto nos plantea un desafío de orden político y cultural, antes que tecnológico.
Ese desafío, sin embargo, sólo podrá ser encarado en la medida en que lleguemos a ser capaces de asumir a la cultura de la Ilustración como un momento formativo necesario en el desarrollo de una cultura superior: la de la sostenibilidad del desarrollo de nuestra especie. Esta tarea no es sencilla, ni puede operar simplemente a través del rechazo mecánico de la Ilustración y sus valores, incluido el del progreso. Aquí, como nos advirtiera Antonio Gramsci, conviene recordar que

En el análisis de los problemas histórico – críticos es preciso no concebir la discusión científica como un proceso judicial en el cual hay un imputado y un procurador que, por obligación de oficio, debe demostrar que aquél es culpable y digno de ser quitado de la circulación.  En la discusión científica, dado que se supone que el interés sea la búsqueda de la verdad y el progreso de la ciencia, se muestra más “avanzado” quien se coloca en el punto de vista de que el adversario puede expresar una exigencia que debe ser incorporada, quizás como un momento subordinado, en la propia construcción
El Materialismo Histórico y la Filosofía de Benedetto Croce. Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 2003, p. 26. [cursiva: GCH]

Para superar críticamente la ignorante arrogancia de quienes confunden el proceso general de desarrollo de nuestra especie con la forma histórica particular de ese proceso que ahora ha entrado en crisis, es necesario superar toda arrogancia que limite la posibilidad de incorporar a una visión nueva de nuestro lugar y nuestra responsabilidad en el mundo todas las conquistas y todos los sueños del pasado que hoy nos corresponde superar. Desde allí, podremos contribuir a la construcción de la cultura que llegue a ser capaz de expresar el interés general de los humanos en establecer los fundamentos de una sociedad capaz de sobrevivir al desastre ambiental creado por la nuestra, y convertir de posible en probable la transición a un mundo nuevo.