martes, 5 de marzo de 2013

Cultura de la naturaleza y naturaleza de la cultura


Cultura de la naturaleza y naturaleza de la cultura.
Una aproximación a la crisis ambiental desde José Martí
Guillermo Castro H.

Para Lupe y Antonio Núñez Jiménez – Velis,
con nosotros.

“[…] el buen gobernante en América[…] sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas.
El gobierno ha de nacer del país.
El espíritu del gobierno ha de ser el del país.
La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país.
El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.”

José Martí, Nuestra América, 1891

La expresión cultura de la naturaleza fue utilizada originalmente para designar en lo general aquel conocimiento de nuestro entorno que fomentara su comprensión, su valoración y su conservación. Con el tiempo, ha venido a expresar, además, los valores y las normas que definen la interacción entre los sistemas sociales y los sistemas naturales en una sociedad determinada. En ese sentido, a su vez, la cultura de la naturaleza expresa también la naturaleza de la cultura de la que ella hace parte, sobre todo en lo que hace al lugar que ocupan las relaciones con el entorno natural en la visión del mundo dominante en esa sociedad, y en los hábitos de conducta y pensamiento correspondientes a la misma.
En el José Martí de la década de 1880, por ejemplo, la naturaleza es percibida como un entorno que nos transforma en la medida en que lo transformamos. La intervención humana en la Naturaleza”, dice, “acelera, cambia o detiene la obra de ésta, y […] toda la Historia es solamente la narración del trabajo de ajuste, y los combates, entre la Naturaleza extrahumana y la Naturaleza humana”. Esa no era, sin embargo, la naturaleza de la cultura dominante en su tiempo en la América que él llamaría “nuestra”, y que convocaría a crear en nombre de su generación, de jóvenes intelectuales liberales de vocación radicalmente democrática.
La naturaleza de la cultura dominante entonces – y aun hoy – correspondía a un liberalismo autoritario que, por el contrario, llamaba a re – crear en la América que consideraba suya un mundo a imagen y semejanza del que se consolidaba lo que era entonces el centro Nor Atlántico del moderno sistema mundial. Aquel liberalismo oligárquico, triunfante y en vías de construir su Estado, tuvo – y en importante medida tiene – su vocero más carácterístico en el argentino Domingo Faustino Sarmiento, que en 1845 definió de la más precisa manera posible su proyecto histórico
“De eso se trata” dijo Sarmiento en su obra más conocida y trascendente – el Facundo. Civilización o barbarie -: “de ser o no ser salvajes.” Desde esa perspectiva, la naturaleza era percibida como una frontera de recursos para el crecimiento económico y el acceso a la civilización. Desde ella, también, era inevitable la exclusión de visiones de relación entre la sociedad y la naturaleza que no correspondieran al objetivo mayor de establecer en nuestra América aquella civilización Noratlántica “que es el nombre vulgar con que corre el estado actual del hombre europeo,” al que se atribuye el “derecho natural de apoderarse de la tierra ajena perteneciente a la barbarie, que es el nombre que los que desean la tierra ajena dan al estado actual de todo hombre que no es de Europa o de la América europea.”[1]
Tanto la cultura de la naturaleza de Martí, como la naturaleza de su cultura, vendrían a encontrar su más plena expresión en el ensayo Nuestra América, publicado por primera vez en México, en enero de 1891, y que constituye en verdad el actas de nacimiento de nuestra contemporaneidad. Allí planteó Martí que no había entre nosotros “entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza”, y que debía sin duda injertarse “en nuestra repúblicas el mundo, pero que el tronco sea el de nuestras repúblicas.”[2]
La cultura de la naturaleza en nuestra América empezó a cambiar hacia 1980, tras el agotamiento del ciclo oligárquico de 1870 – 1930, y la crisis del desarrollismo liberal dominante en la región entre 1950 y 1980. Ambos había compartido una visión semejante del mundo natural como una reserva inagotable de recursos para el crecimiento sostenido, complementada con otra vasta reserva de mano de obra barata, proveniente de la descomposición de la agricultura indígena y campesina. Esas dos premisas se vieron cuestionadas por el propio desarrollo del modelo de sociedad que sustentaban.
Hacia fines de la década de 1970 se inicia un giro en la cultura de la naturaleza en nuestra América, que expresa – justamente – las consecuencias de un cambio en la naturaleza de esa cultura. Sarmiento entra en retirada, y Martí emerge de nuevo con un ímpetu singular. El injerto del mundo que descubría su propia crisis ambiental en el tronco de nuestras repúblicas tiene una primera gran expresión en la antología en dos tomos Medio Ambiente y Estilos de Desarrollo en América Latina, publicada en 1980 por el Fondo de Cultura Económica y la CEPAL.
Allí, sus editores – Osvaldo Sunkel y Nicolo Gligo – supieron reunir a una cohorte de científicos de lo natural y de lo social, que se adelantaron a sentar las bases de lo que, para fines de la década, vendría a ser el debate sobre la sostenibilidad del desarrollo realmente existente. Allí, también, cabe encontrar una parte sustancial de la simiente de capacidades que, de la década de 1990 acá, ha llevado a la cultura de la naturaleza de nuestra América a fundirse con la de otras regiones del planeta en la tarea de formar y desarrollar un pensamiento ambiental nuevo, que se expresa en nuevos saberes que desbordan las fronteras disciplinarias de la vieja cultura, en campos como la ecología política, la historia ambiental, y la economía ecológica
            Esa cultura latinoamericana de la naturaleza encara hoy nuevos desafíos. Nuestra América, en efecto, participa hoy de la crisis ambiental global a partir de dos grandes ventajas estratégicas: una de orden ecosistémico – que constituyen a la región en la última gran reserva de recursos naturales en el Planeta -, y otra de orden demográfico. Así, por ejemplo, de acuerdo a datos proporcionados por el Fondo de las Naciones Unidas para Actividades de Población, nuestra América cuenta con 576 millones de hectáreas en reservas cultivables; el 25% de las áreas boscosas del mundo, “el 92% localizadas en Brasil y Perú”; una megadiversidad biológica concentrada sobre todo en “Brasil, Colombia, Ecuador, México, Perú y Venezuela”, que albergan entre 60 y 70% de todas las formas de vida del planeta; “el 29% de la precipitación [pluvial] mundial” y “una tercera parte de los recursos hídricos renovables del mundo.”
            La segunda gran ventaja consiste en el bono demográfico que representa una población activa de entre 20 y 59 años de edad, que actualmente “es más numerosa que sus dependientes, proporcionando una gran oportunidad para el crecimiento económico”. Al respecto, incluso, cabría decir que aun cuando es población joven dispone de una educación deficiente, cuenta con servicios educativos que los disponibles en la mayor parte de las sociedades asiáticas – exceptuando aquellas que hoy constituyen economías emergentes - y africanas, y puede mejorar significativamente con mayor rapidez, sobre todo si esa mejora es encarada mediante un vínculo mucho rico y estrecho entre los procesos de formación y los de producción, a todos los niveles y en todos los ámbitos del sistema educativo. [3] 
Al propio tiempo, nuestra América encara complejos desafíos ambientales en su ingreso al siglo XXI. El 70% de su población reside en áreas urbanas, con graves desigualdades sociales y vasta huella ecológica. Los bosques y tierras agrícolas enfrentan graves problemas de deforestación, degradación de suelos, deterioro hídrico y pérdida de biodiversidad. Se agudizan cada vez más las contradicciones entre la organización natural del territorio en cuencas y bio regiones, que constituye el marco de una gestión sostenible del desarrollo, y la organización territorial del Estado, gestada a partir de las necesidades y consecuencias de un desarrollo depredador.
            Estos desafíos ambientales, por su parte, están íntimamente vinculados con otros procesos de orden económico y social en curso en nuestra América, con claras expresiones políticas. De entre ellos destaca, en particular, la transformación masiva del patrimonio natural en capital natural mediante procesos de expropiación de facto o de jure, que fomentan sin cesar los conflictos entre grupos sociales distintos que aspiran a hacer usos excluyentes de una misma biorregión. Y todo ello se complica, además, por el incremento en la demanda de servicios ambientales – sobre todo aquellos relativos a la dotación de agua y energía, y la recolección de desechos-, generadas por áreas urbanas cada vez más pobladas y más de mayor desigualdad social.
Todo esto hace evidente la bancarrota cultural y moral del crecimiento económico sustentado en el despilfarro de recursos humanos y naturales de nuestra América. De allí la tanto la creciente presencia política de lo ambiental en las demandas sociales, como la creciente relevancia cultural del aporte de sectores antes excluidos del imaginario del desarrollo, visible por ejemplo en la demanda de un crecimiento que sustente una vida buena para todos antes que una vida cada vez mejor para pocos.
La naturaleza de la cultura nueva se define, así, a partir de tres lecciones que nos deja el análisis del desarrollo de la cultura de la naturaleza entre nosotros. En primer lugar, que el ambiente es el resultado de las intervenciones humanas en la naturaleza, mediante procesos de trabajo socialmente organizados. En segundo, y por lo mismo, que quien desea un ambiente distinto debe contribuir a la creación de una sociedad diferente. Y, finalmente, que la cultura de la naturaleza constituye una fuerza cada vez más poderosa en ese proceso de construcción que, si tiene éxito, culminará en un mundo en el que quepan todos los mundos, creado con todos y para el bien de todos los que entienden que su patria es la Humanidad.

Tercera Conferencia Internacional Por el Equilibrio del Mundo.
La Habana, Cuba, 30 de enero de 2013.




[1] Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VIII, 442: “Una distribución de diplomas en un colegio de los Estados Unidos”. La América, Nueva York, junio de 1884.

[2] 1975, cit. VI, 17, 18

jueves, 14 de febrero de 2013

Las cuencas, la gente y el país que somos


Panamá: nota sobre las cuencas, la gente y el país que somos
Guillermo Castro H.

Hace poco, el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales informó del hallazgo de un pequeño alijo de instrumentos rituales de uso chamánico en el sitio conocido como Casita de Piedra, en las tierras altas de la provincia de Chiriquí, cerca de nuestra frontera con Costa Rica. El alijo, con una antigüedad estimada en 4 mil años, venía a sumarse a descubrimientos anteriores, que remontaban a 9 mil años la presencia humana en el sitio, un punto de descanso en una vieja ruta de tránsito a lo largo de las cuencas de ríos que vierten sus aguas en los océanos Pacífico y Atlántico.
La noticia podrá parecer a algunos un hecho de mera curiosidad, con algún interés turístico, ahora que las tierras altas de Chiriquí se han convertido en sitio preferido de retiro para adultos mayores provenientes de Norteamérica y Europa. Sin embargo, y sobre todo, el hallazgo vuelve a poner en el tapete la calidad de la educación que se ofrece en nuestro país, medida por dos preguntas sencillas que muy pocos panameños están en capacidad de responder: ¿desde cuándo hay presencia humana en nuestra tierra?, y ¿en qué cuenca reside usted?
            La necesidad de saber estas cosas debería ser evidente en un país cuyo mayor y más importante recurso natural es el agua – asociada a los ecosistemas que la proveen-, y en el que la posibilidad del aprovechamiento sostenido de ese recurso depende cada vez más del desarrollo sostenible del conjunto del territorio nacional. El problema, aquí, consiste en que la cultura y la educación que realmente tenemos no son de gran ayuda ni para ver lo evidente, ni para entender lo que esa evidencia implica.
Sin duda, hay individuos y pequeñas organizaciones sociales y estatales donde esa capacidad existe. Sin embargo, enfrentamos problemas que se agravan sin cesar debido a la actividad de grandes masas humanas, y sólo podrán ser resueltos con la participación de esas mismas masas en actividades – y con actitudes – muy distintas a las que llevan a cabo en la actualidad.
Esa participación y esas actitudes, por supuesto, no podrán ser establecidas por decreto. Sólo podrán ser el producto de una educación capaz de expresarse en una transformación de nuestras estructuras de organización social, en el marco de un Estado nacional nuevo. Así que, una vez más, nos encontramos con el hecho de que la transformación de la educación que tenemos tendrá que ser parte de la transformación de la sociedad en que nos hemos formado, o no será.
Así, por ejemplo, al hablar de desarrollo sostenible nos referimos – aun sin saberlo – a los problemas que plantea la necesidad de preservar la viabilidad del desarrollo de la especie humana a escala global y glocal. Para entender y encarar esa necesidad, es necesario comprender que nuestra especie no habita en la naturaleza, sino en el ambiente que ella misma crea en su interacción con los ecosistemas de los que depende su vida, mediante el trabajo socialmente organizado.
Los resultados de esa interacción, por otra parte, se acumulan en el tiempo, de manera que la naturaleza nunca regresa a su condición anterior a la presencia humana. Así, por ejemplo, la selva del Darién no es "natural" en el sentido usual del término, pues una parte sustancial de la actual provincia de ese nombre estaba ya deforestada al momento de la Conquista europea – por no mencionar que en aquella época esa región sostenía, con la tecnología productiva del neolítico, una población mayor que la de nuestros tiempos de revolución verde.
Aquella presencia humana, por otra parte, se organizaba en correspondencia con la organización natural del territorio. Las cuencas constituyen, en efecto, la unidad básica de organización natural de cualquier territorio y, por eso mismo, constituyen también la unidad básica de organización de las relaciones entre los seres humanos y la naturaleza en ese espacio. Así, por ejemplo, si en el Perú prehispánico eran utilizadas para establecer “aldeas verticales” que permitían a una misma tribu utilizar ecosistemas de muy diferentes alturas, desde la costa a los Andes, en Panamá permitieron establecer “aldeas interoceánicas” para aprovechar tanto los recursos de un Atlántico muy húmedo como los de una Pacífico con una estación seca relativamente prolongada.
El reciente descubrimiento arqueológico en Casita de Piedra, Boquete, sólo manifiesta su verdadera importancia en este contexto. Por un lado, indica que ya entonces existía tránsito interoceánico entre lo que hoy llamamos Chiriquí y Bocas del Toro. Por otro, la nueva evidencia está asociada a la minería de oro aluvial, que a su vez se vincula al desarrollo de la metalurgia en las zonas litorales de la vertiente Pacífica del Istmo, las más pobladas en el momento de la Conquista.
De este modo, con respecto a la primera pregunta podemos decir que, hasta donde sabemos, hay presencia humana en el Istmo desde hace unos 12 mil años; que esa presencia ya incluía el intercambio interoceánico hace al menos 9 mil años, y que ese intercambio ya incluía el oro hace al menos 4 mil. La cuenca en que cada uno reside, cada quien deberá averiguarlo.


jueves, 27 de diciembre de 2012

Nota sobre historia ambiental y desarrollo sostenible


Nota sobre historia ambiental y desarrollo sostenible
Guillermo Castro H.
Centro Internacional de Desarrollo Sostenible
Ciudad del Saber, Panamá

A Patricia Clare, en Costa Rica

El desarrollo de la historia ambiental, como ocurre en todo campo de conocimiento en  formación, se nutre de un constante debate sobre su contenido, sus propósitos y sus métodos. En este debate, por ejemplo, ha tenido especial fortuna la definición propuesta por Elinor Melville, que concibe a la historia ambiental como el estudio de las interacciones entre los sistemas sociales y los sistemas naturales. En él, también, ocupa un importante papel la atención a los vínculos entre la historia ambiental y la historia ecológica, y entre ambas y la historia natural, una categoría más antigua, con clara referencia al mundo que produjo figuras de la talla de Linneo y Humboldt, y abrió el camino que eventualmente recorrería Darwin para proponer un lugar para la especie humana en la historia de la naturaleza.
Así, en su forma más sencilla, el concepto de historia natural hace referencia en nuestra cultura a la historia de las especies, como el de historia ecológica lo hace a la formación y las transformaciones de los ecosistemas. En ambos casos, la historia de que se trate puede incluir a la especie humana, o no hacerlo, si los problemas y períodos sometidos a estudio son anteriores a la formación de nuestros antecesores directos. Ese no es, sin embargo, el caso de la historia ambiental.
Si nos atenemos a la definición propuesta por Elinor Melville, y encaramos a un tiempo el estudio de las interacciones entre los sistemas sociales y los sistemas naturales y el de las consecuencias de esas interacciones para ambas partes a lo largo del tiempo nos encontraremos, de hecho, ante la historia natural de la especie humana o, si se quiere, ante la historia ecológica de la sociedad como nicho específico de la especie humana. Con ello, la historia ambiental vendría a ser una nueva Historia general de la Humanidad, con tiempos y espacios correspondientes a la vastedad de su objeto.

En esa historia, el proceso clave  sería el de la producción de su propio nicho por nuestra especie, mediante la transformación de los elementos naturales en recursos a través del trabajo socialmente organizado
. Esas formas de organización social de la producción guardan a su vez relaciones contradictorias con las tecnologías que utilizan para intervenir en los ecosistemas. Algunas formas de organización del trabajo, como la esclavitud, tienden a inhibir el desarrollo de esas tecnologías, mientras que otras – como el trabajo asalariado – tienden a estimular ese desarrollo. No en balde dijo alguien que nunca se había inventado nada para que la gente trabajara menos, porque todo invento tenía el propósito de que los trabajadores  produjeran  más.
            Esas contradicciones internas de los sistemas sociales determinan en una importante medida sus relaciones con los sistemas naturales, las cuales contribuyen a su vez a impulsar la transformación de las relaciones sociales. Así ocurre, por ejemplo, en el caso de los conflictos que genera el choque de intereses entre grupos sociales que aspiran a hacer usos excluyentes de un mismo conjunto de ecosistemas, sea a la escala de sociedades específicas, sea a la del sistema mundial. De estos procesos de tan singular complejidad resultan, finalmente, tanto los paisajes que característicos del ambiente creado por cada sociedad en cada etapa de su desarrollo, como las formas de valoración cultural y de gestión social de esos paisajes. Baste ver, por ejemplo, el contraste entre la valoración del bosque tropical húmedo por parte de la oligarquía ganadera o de las corporaciones transnacionales vinculadas a la agricultura de plantación en Mesoamérica, y el de las comunidades indígenas y campesinas vinculadas a tradiciones de agrosilvicultura, y las formas en que la legislación y la práctica política tienden a promover u obstaculizar los intereses de cada una de esas partes enfrentadas.
Este tipo de conflicto, por otra parte, subyace a los conceptos que de una u otra manera han procurado legitimar en el imaginario colectivo la solución de esos conflictos en términos correspondientes a los intereses de los grupos dominantes en cada sociedad. Ese carácter legitimador, por otra parte, incluye siempre una referencia des legitimadora a aquellos factores que ofrecen resistencia al tipo de cambio que esos intereses demandan. Así, por ejemplo, del siglo XVIII a nuestros días tres formas de ese imaginario colectivo han tenido un destacado papel en la formación y las transformaciones del moderno sistema mundial.
La primera contrapuso la civilización a la barbarie, entre 1750 y 1850. A ella debe nuestra cultura uno de sus textos más vigorosos, el Facundo. Civilización y Barbarie, del argentino Domingo Faustino Sarmiento, publicado en Santiago de Chile en 1845, apenas tres años antes de que Marx y Engels publicaran en Londres su Manifiesto Comunista. De mediados del siglo XIX hasta la década de 1950, pasó a predominar entre nosotros la dicotomía progreso – atraso, que tuvo en Herbert Spencer uno de sus promotores más y mejor conocido en la América Latina del Estado Liberal Oligárquico, como en la crítica a ese Estado por parte de autores como José Martí, que en 1889 – en un discurso a los delegados de los gobiernos latinoamericanos a una Conferencia Internacional Americana convocada por los Estados Unidos – planteó que “ nuestra América de hoy, heroica y trabajadora a la vez, y franca y vigilante, con Bolívar de un brazo y Herbert Spencer del otro; una América sin suspicacias pueriles, ni confianzas cándidas, que convida sin miedo a la fortuna de su hogar a las razas todas […]”[1]
Para la década de 1950, por último, el mito fundamental del imaginario colectivo pasó a expresarse en la dicotomía desarrollo – subdesarrollo, a partir de una metáfora importada al campo de las ciencias sociales desde el de las ciencias naturales. En su medio de origen, en efecto, el concepto de desarrollo expresa el proceso de formación, maduración y muerte de un organismo, en interdependencia con sus semejantes y las demás especies de su ecosistema. Su apropiación por las ciencias sociales excluyó este último componente, y generalizó además una forma específica de desarrollo – la de las sociedades capitalistas maduras, que hegemonizan el moderno sistema mundial – a todas las sociedades que forman parte de ese sistema.
Esto incluyó relegar a un segundo plano, en el mejor de los casos, las relaciones de interdependencia asimétrica entre las sociedades que integran dicho sistema – y que se expresan en lo ambiental, por ejemplo, a través de conceptos como el de huella ecológica -, para optar en cambio por la búsqueda de definiciones y soluciones para el desarrollo utilizando como unidad fundamental de análisis el Estado – nación y, en las formas más complejas de planteamiento del tema – sobre todo desde América Latina - las relaciones de intercambio desigual entre economías nacionales. Por esta vía, el planteamiento del desarrollo progresó desde su definición más sencilla como “el progreso técnico y sus frutos”, utilizada por Raúl Prebisch a principios de la década de 1950, hasta la más rica y compleja que, en 1980, lo concebía como
[…] un proceso de transformación de la sociedad caracterizado por una expansión de su capacidad productiva, la elevación de los promedios de productividad por trabajador y de ingresos por persona, cambios en la estructura de clases y grupos y en la organización social, transformaciones culturales y de valores, y cambios en las estructuras políticas y de poder, todo lo cual conduce a una elevación de los niveles medios de vida.[2]

Esta definición tiene otro mérito: ella forma parte de un primer y formidable esfuerzo latinoamericano por poner en relación los vínculos entre el desarrollo así concebido y los sistemas naturales de América Latina, siete años antes de que fuera presentado el Informe Brundland, y doce antes de la Cumbre Mundial sobre Ambiente y Desarrollo celebrada en Rio de Janeiro en 1992. En efecto, los dos tomos de Estilos de Desarrollo y Medio Ambiente en América Latina sintetizan un estado de conocimiento y reflexión sobre el tema que hoy podría resultar sorprendente para quien no conozca al menos en líneas generales la historia ambiental latinoamericana, que tiene allí uno de sus textos fundadores: las “Notas sobre la historia ecológica de América Latina”, de Nicolo Gligo y Jorge Morello.
Lo que aquí nos importa, en todo caso, es que de entonces acá el mito del desarrollo ha venido a des-integrarse en múltiples direcciones. Hoy, sobrevive sobre todo – en forma por demás vergonzante, si lo juzgamos en el marco de la retórica de las relaciones internacionales – en su versión de desarrollo sostenible, que en lo más usual puede ser definido como la vieja
 Teoría del Desarrollo con las preocupaciones ambientales necesarias para garantizar la sostenibilidad de la sociedad que le dio origen. Y, sin embargo, si observamos este fenómeno cultural desde la perspectiva de la historia ambiental, podremos comprobar una vez más el viejo adagio que nos dice que lo falso no se define como lo opuesto a lo cierto, sino como el resultado de la exageración unilateral de uno de los aspectos de la verdad.
            En este sentido, el concepto de desarrollo sostenible no designa una solución capaz de legitimar las formas dominantes de relación entre nuestra especie y su entorno, sino un problema: el de la incapacidad del mito del desarrollo para dar cuenta de la crisis en que han venido a desembocar esas relaciones. De este modo, se hace evidente que tras la discusión sobre el desarrollo sostenible subyace en realidad el problema de forjar y legitimar las nuevas formas  de gestión de las relaciones entre sistemas naturales y sociales que demanda la supervivencia de la especie humana ante la crisis de sus relaciones con el mundo natural en que ha venido a desembocar el desarrollo del moderno sistema mundial. De su capacidad para contribuir a la solución de este problema decisivo dependerá que la historia ambiental se constituya en la gran conquista cultural que puede llegar a ser, o permanezca como la mera crónica del desastre que bien puede conducirnos a nuestra extinción.

Panamá, 28 de octubre de 2007




[1] Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. Tomo VI, 138 - 139: “Discurso pronunciado en la velada artístico – literaria de la Sociedad Literaria Hispanoamericana, el 19 de diciembre de 1889, a la que asistieron los delegados a la Conferencia Internacional Americana”. Cursiva: gch
[2] Sunkel, Osvaldo: “Introducción. La interacción entre los estilos de desarrollo y el medio ambiente en la América Latina”. Estilos de Desarrollo y Medio Ambiente en la América Latina. El Trimestre Económico, número 36, 2 tomos. Fondo de Cultura Económica, México, 1980. Selección de Osvaldo Sunkel y Nicolo Gligo. Cursiva: gch. Hemos destacado en negrita aquellos componentes de la definición que resaltan su carácter dinámico, expansivo y sobre todo, sistémico.

martes, 13 de noviembre de 2012

Naturaleza, trabajo, historia.


Naturaleza, trabajo, historia.
Nota sobre la historia ambiental como historia natural de la especie humana
Guillermo Castro H.

La historia ambiental se ocupa de las relaciones entre nuestra especie y su(s) entorno(s) a lo largo del tiempo, incluyendo en ello, por supuesto, las consecuencias de esas relaciones para cada una de las partes involucradas. El mérito mérito principal de esta definición, como sabemos, corresponde a Elinor Melville. Desde ella, interesa resaltar aquí que esas relaciones operan a partir de procesos de trabajo socialmente organizados y que, por ello, el trabajo – en cuanto acción racional con arreglo a fines, que demanda procesos de cooperación entre múltiples individuos – constituye el factor fundamental que nos define como especie en nuestra relación con la naturaleza de la que somos parte.
Somos, en efecto, la única especie que trabaja en el sentido indicado, y el ambiente es uno de los productos de ese trabajo en lo que hace a sus efectos sobre la naturaleza en la que habitamos, y de la cual vivimos. Esta idea ha sido expresada de múltiples maneras a lo largo del desarrollo de la civilización que hoy está en crisis. Vladimir Vernadsky y Teilhard de Chardin, por ejemplo, la elaboraron en el plano teórico en la década de 1920, al vincular entre sí los conceptos de biosfera y noosfera (que, en el caso del jesuita Teilhard, fue ampliado incluso en dirección al de Cristosfera como culminación del proceso de encuentro entre las criaturas y su creador).
Así, el objeto de estudio de la historia ambiental es un producto de nuestra especie, obtenido mediante el trabajo, entendido – por ejemplo - como “un proceso entre la naturaleza y el hombre, proceso en que éste realiza, regula y controla mediante su propia acción su intercambio de materias con la naturaleza”, al decir de Carlos Marx en 1867, en el segmento que dedica a esa forma peculiar de la actividad humana en el Tomo I de El Capital.[1] Ese proceso, añade Marx, “es la actividad racional encaminada a la producción de valores de uso, la asimilación de las materias naturales al servicio de las necesidades humanas, la condición general del intercambio de materias entre la naturaleza y el hombre, la condición natural eterna de la vida humana, y por tanto, independiente de las formas y modalidades de esta vida y común a todas las formas sociales por igual.”[2] Para agregar enseguida que lo que distingue “a las épocas económicas unas de otras no es lo que se hace, sino el cómo se hace”.[3]
Vista así, la historia ambiental es la historia, precisamente en cuanto es la historia natural de nuestra especie. Como tal, necesita apropiarse de todo el legado cultural anterior y someterlo a crítica en la perspectiva que demanda al problema mayor de nuestro tiempo, que es el de sobrevivir como especie al tipo de ambiente global que como especie hemos creado – sobre todo a lo largo de los últimos dos siglos de nuestros cien mil años de existencia y desarrollo.  Y esto no sólo un sentido físico, sino y sobre todo enfrentando la generalización de las formas más bárbaras de organización de nuestra convivencia, que retornan a la vida diaria de millones de seres humanos en todos los rincones de una biosfera a la que hemos llevado al límite de sus capacidades para sostenerse, y sostenernos.
Allí está, en lo más abstracto, una de las claves del problema del problema más concreto a cuya solución debe contribuir la historia ambiental: el de caracterizar, en su origen como en sus consecuencias, los fines a los que responde la racionalidad de nuestras acciones de relacionamiento con el entorno que nos sostiene, que ha venido a ser (¿no lo fue siempre?) el planeta entero. Y si esto nos lleva una vez más a entender que si el ambiente es el producto de la intervención de nuestras sociedades en su entorno natural, la necesidad de un crear un ambiente distinto nos llevará una y otra vez a la de establecer una sociedad diferente, bienvenido sea. Aquí, como nunca antes, la crítica ha de ser el ejercicio del criterio, si es que aspira a ser fecunda.

Panamá, 13 de noviembre de 2012




[1] Y agrega: “En este proceso, el hombre se enfrenta como un poder natural con la materia prima de la naturaleza. Pone en acción las fuerzas naturales que forman su corporeidad, los brazos y las piernas, la cabeza y la mano, para de ese modo asimilarse, bajo una forma útil para su propia vida, las materias que la naturaleza le brinda. Y a la par que de ese modo actúa sobre la naturaleza exterior a él y la transforma, transforma su propia naturaleza, desarrollando las potencias que dormitan en él y sometiendo el juego de sus fuerzas a su propia disciplina.”
Todas las citas corresponden a Marx, Carlos: El Capital. Crítica de la economía política. Traducción de Wenceslao Roces. Fondo de Cultura Económica, México, 2010. Tres tomos. Sección Tercera. La producción de la plusvalía absoluta. Capítulo V. Proceso de trabajo y proceso de valorización. Tomo I (1867). P. 130.

[2] Ibid., 136.  En esta perspectiva, dice, “Los animales y las plantas que solemos considerar como productos naturales, no son solamente productos del año anterior, supongamos, sino que son, bajo su forma actual, el fruto de un proceso de transformación desarrollado a lo largo de las generaciones, controlado por le hombre y encauzado por el trabajo humano.”

[3] Ibid., 132. Y añade: “Los instrumentos de trabajo no son solamente el barómetro indicador del desarrollo de la fuerza de trabajo del hombre, sino también el exponente de las condiciones sociales en que se trabaja.”